Desde que mi cerebro fue capaz de crear una imagen concreta de las ideas que la gente balbuceaba, internalicé que para ser bueno en algo había que practicar, mucho. Dia y noche, con lluvia o sol, se practica para mejorar.

En teoría, un hábito es una destreza o costumbre adquirida por la frecuente repetición de la misma. El mismo es también el resultado de la motivación (las ganas de hacer algo), la práctica (capacidad física y mental para realizarlo), y el conocimiento (conciencia teórica de cómo hacer las cosas).

Me tomó algún tiempo comprobarlo, pero, hay algo orgánico en la repetición que te permite encontrar la paz con aquellos proceso en los cuales pretendemos mejorar.

Me pasó con el deporte, levantarse temprano, correr másrápido, nadar más distancia, todo, se hizo más manejable cuando- sin darme cuenta- lo hacia todos los días.

Ahora con la escritura, la práctica constante – sin pensarlo- me ha llevado a tal sistematización que hace que todo suceda dentro de una zona de confort.

En la educación, la rutina y la cotidianidad del proceso lleva a los alumnos a un trance involuntario que les permite aprender más fácilmente y a nosotros los profesores medir tal proceso.

La clave – y lo más difícil – es mantenerse consciente durante el proceso de que los cambios van a llegar, tarde o temprano.

Graciosamente, es cuando nos olvidamos por un instante de “aquello”, que suceden los cambios. Hay un truco ahí, justo en ese sitio, en alejarse, en dejarse llevar, en confiar, que da sentido a la fe y a nuestra misión.

Hacer de la rutina un hábito es clave, como humanos siempre queremos apostar por la variedad/diversidad pero es en la simpleza que muchas veces encontramos la respuesta.

Quizás el hábito no hace al monje pero el hecho de ir todos los días a la iglesia Sí.

En 2014, cuando entrené 98 días consecutivos para el ironman 70.3 obtuve mejores resultados. En 2016, cuando corrí por 52 días consecutivos recobré la condición de años atrás.

El ejercicio hay que llevarlo a un punto casi irracional, que se convierta en un estilo de vida y no una obligación, a partir de nuestros valores, ideas y sentimientos.

Reconocer que la actividad física es importante y beneficiosa para la salud mental y física.

Reconocer los retos en el ejercicio que dan valor y dirección a nuestra vida. Reconocer que esto nos llena, nos alegra y nos hace sentir útiles.

No me crean a mí, créanle a un tal

“ARISTÓTELES: “Somos lo que hacemos repetidamente, la excelencia entonces no es un acto sino un hábito”.

Quizás el hábito no hace al monje, pero sí al atleta.

-eMMa

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